sábado, 25 de septiembre de 2010

El Grito 3. El pueblo y solo el pueblo es la fuerza motriz que hace la historia

“Hay que bajar a los héroes de su pedestal” –sentenció desde su pedestal el historiador de Televisa Enrique Krauze, hace unos meses en Monterrey.
Como él, otros historiadores burgueses tomaron como cruzada en la conmemoración del Bicentenario de la Guerra de Independencia la tarea de “desmitificar” a los héroes de la Historia Patria. En lugar de los santones del calendario cívico, había que mostrar que se trataba de simples mortales, capaces de grandes hazañas, claro, pero sujetos a las tentaciones de cualquier mortal.
Así, la imagen de estampa escolar del mesiánico Padre de la Patria que a todos lados se encaminaba iluminado por la antorcha de Dolores en una mano y con el estandarte de la Virgen de Guadalupe en la otra, fue cambiada por la de un simpático y ocurrente sibarita que bien sabía dar otras ocupaciones más mundanas a esas manos.
Se supone que el logro de tal “desmitificación” sería acercar la leyenda, la mitología, a la realidad actual, para mostrar que de los simples mortales de hoy, pueden surgir los caudillos providenciales de mañana.
Con lo cual, estos historiadores motivacionales caen en el mismo sitio que pretendían desechar: la historia construida a partir de los caudillos, por más que los aspirantes vayan advertidos contra cualquier intención de convertirse en nuevos mitos.
Obviamente, lo que los historiadores burgueses han evitado a toda costa es tratar de extraer conclusiones realmente científicas de las grandes luchas del pueblo mexicano.
A 200 años del inicio de la Guerra de Independencia, a 150 años del triunfo en la Guerra de Reforma y a 100 años del inicio de la Revolución Mexicana, lo que a todas luces destaca es que estas conmociones históricas tuvieron lugar por las condiciones materiales de existencia de las masas populares; que esas condiciones separaron en clases antagónicas a la población, hasta hacerlas enfrentarse en una lucha a muerte.
Las tres contiendas no han sido sino progresivas etapas en el desarrollo y consolidación del régimen de producción capitalista; en las tres fueron las masas oprimidas y explotadas la carne de cañón que se levantó, en 1810-1821 contra el régimen colonialista y derribó las formas más atrasadas de explotación semifeudal; en 1857-1867 contra el poder semifeudal de la Iglesia y la consolidación de la nación burguesa y en 1910-1920 contra los vestigios semifeudales y la constitución del Estado burgués centralizado, en el cual el poder omnímodo lo tiene la burguesía nacional.
El historiador de Televisa suele lamentarse del altísimo costo de estas guerras y los magros resultados obtenidos. Esto es cierto, pero sólo desde el lado de los oprimidos y explotados de siempre. En la guerra de Independencia, se calcula en 400 a 500 mil los muertos, directamente por la guerra o por sus consecuencias: enfermedades, privaciones, pestes, etc. Para una población de poco más de 6 millones de habitantes, la proporción es terrible, por encima del millón de muertos en la Revolución, cuando la población era de 14 millones. Aunque nunca comparable a la hecatombe de la conquista, cuando entre 1521 y el medio siglo de colonización inmediato, la población indígena cayó de 20 a sólo 2 millones de sobrevivientes.
Entre 1521 y 1810 calculan algunos historiadores que hubo no menos de cien levantamientos armados en diferentes lugares del dilatado territorio colonial, indígenas en su mayoría, mestizos y negros en menor proporción. Hacia 1800, hubo ya un importante involucramiento de criollos, representantes de la embrionaria burguesía nacional.
Al llamado de Hidalgo, acudieron sobre todo indios y mestizos. Los criollos, en su mayoría alarmados por la inclusión de las masas populares, dieron la espalda a Hidalgo. Los representantes de los terratenientes criollos dentro de la insurgencia, como Allende, Aldama, Abasolo y los Rayón, presionaron a Hidalgo para moderar sus promesas a la indiada y para tratar de ganar criollos a su causa. Ni devolución, ni reparto de tierras para las masas campesinas. El odio a la tiranía europea debe haber sido muy grande, para que el ejército plebeyo siguiera a Hidalgo cuando éste mantenía ya solamente la consigna de independencia, que sin duda tenía un significado muy diferente para los criollos, al que podían representarse los indios.
Morelos, más cercano al pueblo por su origen de clase y por su desempeño como cura de pequeños poblados, fue mucho más lejos que Hidalgo en su labor de organizador, jefe militar y político. Amplió medidas iniciadas por Hidalgo como la eliminación de tributos y del impuesto per cápita que abrumaba a los indios; incluyó en sus proclamas el reparto de los latifundios y la devolución de tierras, y el reparto de bienes confiscados e impuestos de guerra a mitades entre la población pobre y los fondos para la insurgencia. Producto de su época, creyó que el gobierno republicano con su división de poderes garantizaría “la moderación de la opulencia y la miseria”, pronunciándose en sus “Sentimientos de la Nación” por el aumento del jornal del pobre, como medio para mejorar sus costumbres y alejarlo de la ignorancia y del hurto.
Nadie fue más allá que Morelos. El autogolpe de Estado que los monarquistas criollos y el alto clero dieron para separarse de España y así conservar sus privilegios a salvo de la Constitución liberal española, llevando a Agustín de Iturbide a proclamar la independencia que ferozmente habían combatido, fue la loza que selló el destino de las masas en esta primera etapa de la revolución burguesa.
Los indios y los mestizos volvieron a su miseria de siempre, mientras la burguesía nacional criolla se preparaba para disputar el poder a los advenedizos que, partidarios de las formas más atrasadas de explotación, frenaban el desarrollo de las fuerzas productivas. La historia comprobó una vez más que sin la dirección de la clase obrera, prácticamente inexistente en aquella época, los campesinos pobres serían utilizados como carne de cañón. Sin embargo, también se comprobó que sin el concurso de esas masas, que fueron a morirse por intereses que no eran los suyos, el salto de una época a otra habría sido imposible.
Las centenarias conmemoraciones sólo tendrán sentido si se reivindica el papel de las masas populares y la lucha de clases como motores de la historia.

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