jueves, 31 de diciembre de 2009

Reescribiendo la Historia (2)

La conmemoración oficial, es decir, la celebración de la burguesía sobre su ascenso al poder en la lucha de clases en México a través de los festejos del Centenario del inicio de la Revolución de 1910 y el Bicentenario del inicio de la Guerra de Independencia, están dando lugar a que un buen número de plumíferos al servicio de diferentes fracciones de la burguesía intenten reescribir la Historia, para actualizarla de acuerdo a sus intereses de clase.
Así tenemos actualmente en las librerías una gran publicidad en torno a estas versiones revisadas, para "hacer justicia" a "verdaderos héroes" como Iturbide, Maximiliano y Porfirio Díaz, mientras nos descubren a Hidalgo como carnicero, a Morelos como cobarde y a los episodios del calendarío patriótico escolar como simple culto a las derrotas, por citar unos cuantos ejemplos. Se trata en esencia, de descalificar las luchas históricas de las masas populares, las cuales no pasarían de ser manadas irracionales utilizadas en cada época histórica por caudillos que guiaban a aquéllas en contra de sus propios intereses.
Uno de estos intelectuales burgueses, Sergio Sarmiento, escribe en su Editorial del periódico "El Norte" el 31 de Diciembre:
"Encuentro poco que celebrar en el bicentenario de las guerras de 1810 y 1910, que trajeron un enorme sufrimiento al país y detuvieron el desarrollo durante largos periodos. En cambio las Leyes de Reforma, en su intento pacífico por construir un México de libertades e instituciones, parecen haber sido abandonadas por un régimen panista-priista-perredista que es fundamentalmente conservador."
El período de la Reforma no puede entenderse sin el período previo de la lucha del pueblo mexicano por independizarse de España. La guerra de independencia que desdeña Sarmiento y la guerra civil (¡nada de intento pacífico!) que permitió imponer por la fuerza de las armas las Leyes de Reforma, no son sino dos etapas del desarrollo histórico del capitalismo en México, cuando la débil burguesía nacional era revolucionaria y encabezaba la lucha del pueblo mexicano por sacudirse las pesadas trabas feudales y semifeudales que persistían desde los tiempos de la colonia.
Sarmiento enumera las Leyes de Reforma que "entre 1856 y 1863 establecieron las bases de un Estado liberal": La Ley Juárez suprimía los fueros ante la justicia, en particular el militar y el eclesiástico. La Ley Lerdo promovía la desamortización, la venta obligada, de los bienes de las corporaciones, como la Iglesia y las comunidades indígenas. La Ley Iglesias prohibió el diezmo obligatorio. A éstas se añadieron la Ley de Nacionalización de los Bienes del Clero, la Ley del Matrimonio Civil, la Ley del Registro Civil, la Ley de Exclaustración de Monjas y Frailes y la Ley de Libertad de Cultos.
Los liberales promotores de estas leyes, dice Sarmiento, no formaban una simple corriente anticlerical. "Eso es falso. Muchos de los grandes liberales de ese entonces, incluyendo al propio Benito Juárez, vivieron y murieron como católicos. Lo que defendían era la libertad. Peleaban por el derecho a no sufrir una tutela innecesaria del Estado, se oponían a las restricciones a la libertad de comercio y de propiedad, exigían la libertad de culto. Los ideólogos de nuestra actual izquierda conservadora afirman que no hay relación entre los liberales del siglo 19 y lo que ellos llaman los neoliberales del siglo 21. No quieren percatarse de que sus principios son fundamentalmente los mismos."
Por supuesto que Juárez y la mayoría de los hombres de la Reforma no eran simples anticlericales. Eran católicos, pero eran sobre todo liberales, es decir, representantes de un régimen que en aquel entonces era progresista: el capitalismo que enfrentaba al poder de la iglesia católica como principal terrateniente de México y era representante por ende de la reacción semifeudal que limitaba el comercio, la libre circulación de las mercancías, la explotación capitalista de la tierra y sometía además a su control ideológico y político la vida de la población desde el nacimiento hasta la muerte. A despojar de este tremendo poder económico, político e ideológico de la iglesia católica estaban encaminadas las Leyes de Reforma, aunque de paso también resultaron despojadas las comunidades indígenas, que por su situación económica y su indefensión legal quedaron en la misma categoría de "bienes de manos muertas", y sus propiedades junto con las de la iglesia pasaron a poder "de la nación" como decía la ley, ahora representada por los militares y civiles que podían comprarlas, quienes se convirtieron en los nuevos grandes terratenientes y futuros grandes capitalistas, encabezados por Luis Terrazas, defensor de la reforma y protector de Juárez en el Estado de Chihuahua.
Al grito de "¡Religión y fueros!" se alzaron la Iglesia y el Partido conservador en una sangrienta guerra que realmente inició con el Plan de Ayutla (1854) y terminó hasta la derrota de Maximiliano (1867), trece violentos años que Sarmiento no se dio cuenta "que trajeron un enorme sufrimiento al país y detuvieron el desarrollo".
Claro que ahí no se detuvo la historia. Las masas de campesinos pobres que lucharon por sacudirse la opresión semifeudal eran dirigidas por la burguesía que, por progresista que fuera, aprovechó los frutos del movimiento. Los despojos a las comunidades indígenas y rurales y el enriquecimiento de los grandes terratenientes que aquí tuvieron su origen, habrían de ser parte importante del siguiente período de luchas que Sarmiento y otros como él no se pueden explicar.
El liberalismo que añora Sarmiento y cuya traición condena en el régimen priista- panista- perredista pertenece a una época superada totalmente, al capitalismo que buscaba imponerse sobre un régimen más atrasado y en un contexto internacional todavía lejano al imperialismo. En la época del capitalismo maduro fronteras adentro, y del desarrollo del imperialismo a nivel internacional, todo liberalismo (o neoliberalismo), el de Sarmiento y el del pri-pan-prdismo, es reaccionario, caduco, obsoleto, destinado a ser barrido por la fuerza que no apareció en aquellas otras grandes luchas: el proletariado moderno, que al frente de los trabajadores pobres de la ciudad y del campo deberá librar la batalla final contra el régimen de explotación capitalista.

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