lunes, 10 de agosto de 2009

La democracia burguesa, tan hipócrita como hace siglo y medio

Según la ley superior, la Constitución, todos los ciudadanos(as) mexicanos(as) tenemos derecho a la libre expresión “por cualquier medio”. Igual que tenemos derecho no sólo a votar, sino a ser votados. O a un salario remunerador, a la salud, a la vivienda, a un ambiente sano, etc. etc. Pero al reglamentarse la ley superior, ocurre que en realidad tales derechos sólo rigen cabalmente para una minoría privilegiada. La inmensa mayoría no está invitada al banquete, sólo a recoger sus migajas.

Compárese esta humillante realidad del México del siglo XXI con la que se describe en este texto:

“El Estado Mayor de las libertades, la libertad personal, de prensa, de opinión, de asociación, de reunión, de enseñanza, de culto, etc., recibió un uniforme constitucional que hacía a éstas invulnerables. En efecto, cada una de estas libertades es proclamada como el derecho absoluto del ciudadano, pero con un comentario adicional de que estas libertades son ilimitadas en tanto no son limitadas por los “derechos iguales de otros y por la seguridad pública”. Así por ejemplo: “Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a reunirse pacíficamente y sin armas, a formular peticiones y a expresar sus opiniones por medio de la prensa o de otro modo. El disfrute de estos derechos no tiene más límite que los derechos iguales de otros y la seguridad pública”. “El domicilio de todo ciudadano es inviolable, salvo en las condiciones previstas por la ley”. Etc., etc. Por tanto, la Constitución se remite constantemente a futuras leyes orgánicas que han de precisar y poner en práctica aquellas reservas y regular el disfrute de estas libertades ilimitadas, de modo que no choquen entre sí ni con la seguridad pública. Y estas leyes orgánicas fueron promulgadas más tarde y todas estas libertades reguladas de modo que la burguesía no chocase en su disfrute con los derechos iguales de las otras clases.
Allí donde impide completamente a los otros esas libertades, o consiente su disfrute bajo condiciones que son otras tantas celadas policíacas, lo hace siempre, pura y exclusivamente, en interés de la “seguridad pública”, es decir, de la seguridad de la burguesía, tal y como ordena la Constitución.
En lo sucesivo, ambas partes invocan, por tanto, con pleno derecho, la Constitución: los “amigos del orden”, al anular todas las libertades, y los demócratas, al reivindicarlas todas. Cada artículo de la Constitución contiene su propia antítesis, su propia cámara alta y su propia cámara baja. En la frase general, la libertad; en el comentario adicional, la anulación de la libertad. Por tanto, mientras se respetara el nombre de la libertad y sólo se impidiera su aplicación real y efectiva, la existencia constitucional de la libertad permanecía íntegra, intacta, por mucho que se asesinase su existencia común y corriente".

Este texto fue escrito en 1852. Siglo y medio después, la democracia burguesa sigue sin tapar los cueros que develó Carlos Marx.

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