lunes, 20 de julio de 2009

La radio y los días. 1976: otro era el incendio

¡Vaya vecindario! Miles y miles de toneladas de desechos de basura entraban en combustión cuando múltiples rescoldos eran avivados puntualmente cada año por los vientos locos de febrero y marzo, y en los candentes veranos bajo el aliento de una brisa cualquiera. Las llamaradas se alzaban desde las montañas de basura y pestilentes masas de humo se extendían hasta las miserables chozas de los posesionarios. Eso era por el poniente.


Al norte, el cerco contaminador lo formaban las pedreras. A cierta hora, cada día, el espectáculo de la cascada de piedras, seguido de un estampido, un sordo rumor bajo los pies y el temblar de los vidrios donde había ventanas, anunciaba la próxima aparición de una densa niebla de polvo que todo lo traspasaba.


El hollín de la basura quemada a veces causaba risa. La negritud de las cenizas formaba una máscara que daba una apariencia africana a los de por sí tostados rostros de los habitantes. Las explosiones de las pedreras siempre daban coraje. Enormes peñascos volaban amenazantes hasta caer cerca de las viviendas más periféricas. La s trepidaciones hacían temer por las frágiles viviendas. Y el polvo que caía una y otra vez sobre las ropas tendidas, sobre los escasos muebles, ese polvo que nunca desaparecía y que todo pintaba de un gris triste y sucio, que así se depositaba en los pulmones de adultos y de niños... Pero éramos invasores. Ilegales, "ladrones de terrenos". Ninguna autoridad, ningún medio de comunicación, nos concedía derecho a exigir un ambiente sano para los hijos.


El amarillista encabezado del periódico aquí incluido realmente estaba muy lejos de preocuparse por las llamaradas de los basureros aledaños a Tierra y Libertad. Expresaba más bien un deseo no muy velado de la cristiana burguesía regiomontana. Ese incendio, del 20 de febrero de 1976, coincidía con otro, de distinta naturaleza: dos días antes, la policía había asesinado a seis posesionarios de las colonias Pancho Villa y Granja Sanitaria. Y surgía un movimiento que ardía de indignación y de coraje.


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